¡Muy buenas tardes de domingo a todo el mundo! ¡¡He vuelto!! (Aunque esta vez la ausencia prolongada no ha sido culpa mía). Resulta que, semanas atrás, venía yo toda dispuesta a escribir en este mi blog mientras me reía del karma (la culpa la tiene Marian Keyes, luego lo entenderéis), y éste se ha debido de enfadar por mi burla y se ha puesto en acción. Resultado: blog estropeado, inactivo, siniestro total, ¡¡patapum!! Por tercera vez decidió torearme y no dejarme acceder, ni actualizar, ni ná de ná, así que me tuve que aguantar, pedirle perdón al karma por mis risitas de antes y suplicarle a Jorge que lo arreglara. Karma 1-0 Laura. Vergonzoso.

Así ha acabado nuestro enfrentamiento :(

¿Que por qué narices me estaba riendo del karma? Pues porque estaba leyendo ni más ni menos que el último libro publicado por mi irlandesa favorita de todos los tiempos habidos y por haber: Mi karma y yo, de la siempre genial, estupenda y talentosa Marian Keyes. Pero de ese libro ya hablaré unos párrafos más adelante. Primero debo cumplir mi promesa, que no es otra que hacer una crítica de El efecto Marcus, quinta entrega de la serie Departamento Q, del danés Jussi Adler-Olsen. El problema es que ya ha pasado algo de tiempo desde que lo leí y no está demasiado fresco, pero haré lo que pueda.

Portada de El efecto Marcus

De antemano, debo avisar a todo fan de la saga que se precie de que este libro es un poco distinto a lo que nos tenía acostumbrado el autor. Me explico: el protagonista indiscutible del Departamento Q es el subcomisario Carl Mørck, y ese personaje te gusta o lo aborreces. Yo lo adoro con toda mi alma lectora, por algo me enganchan tanto las novelas de esta serie. Sin embargo, en este libro nos encontramos con un “problema”: Marcus. Marcus es un niño de 15 años que tiene una vida muy peculiar. Pertenece a una amplia familia que acaba de llegar a Copenhague hace unos pocos años. Poco sabemos de las andanzas anteriores del chaval y su familia, sólo que no son daneses (se entiende que son gitanos o de alguna zona de Europa del Este) y que se dedican a la delincuencia. Los más jóvenes deben robar por las calles mientras que los adultos se dedican a toda clase de asuntos turbios. Asesinatos por encargo incluidos. Cuando Marcus intenta escapar del clan y su estilo de vida, se encuentra con uno de los cadáveres que esconde su tío y jefe del grupo. Ese descubrimiento obsesionará al joven de tal manera que no tendrá ni un segundo de respiro entre sus intentos de no dejarse pillar por su familia y los remordimientos que lo hacen acudir a la policía, aun sabiendo que significaría su expulsión inmediata del país.

¿Por qué digo que Marcus es un “problema”? Porque no es Carl Mørck, y los capítulos donde se da todo el protagonismo al joven son capítulos donde el subcomisario, sus extraños ayudantes y toda la fauna que los rodea no aparecen. Y yo lo he echado de menos. La historia de Marcus era adictiva e interesante, pero reconozco que a mí me faltó un poco más de presencia de los personajes habituales para que la novela fuera redonda. Además se sabía de antemano quién había sido el asesino, lógicamente, y yo reconozco que me encanta eso del cluedo, ir recogiendo pistas mientras me monto una película en mi cabeza, y con esta novela no lo pude hacer. Aun así el libro se lee de una patada y Jussi tiene un estilo narrativo entre desenfadado y macarra que me encanta. Deseando que salga la sexta entrega YA.

Mi karma y yo, último libro de la irlandesa Marian Keyes

Y ahora… ¡Ay, karma! ¿Qué te he hecho yo a ti? Vale, he aprendido la lección: el karma existe. O no. Mejor que se lo pregunten a Stella Sweeney quien, en medio de un atasco, decide hacer la buena obra de la semana para tener contento a su karma y que las cosas le vayan de maravilla. Así que se para y permite incorporarse a la circulación a un pobre coche medio atascado. Pero lo que provoca no es otra cosa que un accidente en cadena, una situación bochornosa y la sensación de que quizás, y sólo quizás, eso del karma no es más que una tontería. ¿Cómo se iba a cebar el destino con alguien que se dedica a hacer buenas obras semanales? Pues tranquilos, que esto no es todo. Después de ese fatídico día, más sucesos inesperados (y algunos incluso escalofriantes) le siguen sucediendo a nuestra heroína, que acabará viviendo los años más locos y ¿bonitos? de su vida. Sólo que ella todavía no lo sabe.

Divertidísima y muy acertada, como siempre, Marian Keyes logra que sus novelas se me escapen en un suspiro. La adoro por ello, y la odio. La odio mucho. Porque querría que sus libros tuvieran 52.790 páginas mínimo, o que publicara un libro todos los meses, o que en vez de ser cinco las hermanas Walsh fueran cincuenta, pero no. ¡Esto es un sinvivir! Me tocará esperar un par de años más hasta que una de sus portadas fosforitas y chillonas esté adornando las librerías de mi ciudad. ¡Ay, Marian, Marian, si tú supieras cuánto te echo de menos!

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