¡Buenas tardes de domingo! Empieza a ser ya algo habitual aprovechar algunos domingos por la tarde para ponerme al día pero ¡es lo que tiene estar ocupada el resto de la semana! En fin, vamos a lo interesante. Como ya adelanté en mi anterior entrada, hoy tengo que hablar de El muñeco de nieve, de Jo Nesbø. Navegando por la web me hallaba semanas atrás cuando de repente me encontré con este blog y este artículo. Leedlo, ya veréis. ¿No os entraron unas ganas tremendas de comprar el libro YA y empezar a leerlo inmediatamente? Porque a mí sí. Y fue lo que hice. Lo compré y en cuanto acabé El jilguero (mi tiempo me llevó) empecé con el autor noruego (llena de expectativas, algo peligroso, ya lo sé).

Portada de El muñeco de nieve.

Comenzamos, pues. El primer capítulo nos sitúa en 1980, donde empieza todo. Las cosas ya vienen torciditas desde el principio. Se masca la tragedia y el lector lo sabe. Una mujer casada y con un hijo acude a la casa de su amante, con el que tiene relaciones. Cuando se marcha media hora después, en el jardín hay un muñeco de nieve. Ese muñeco de nieve aparecerá en los siguientes años en los jardines de diferentes familias y será un sinónimo de muerte, de asesinato, de madres desaparecidas y de hijos huérfanos.

Años después, el carismático comisario Harry Hole recibe una carta anónima donde le provocan para que encuentre al Muñeco de Nieve, que es como se autodenomina el asesino. Y desaparece otra madre de familia. Ese año de todos modos es distinto porque detrás de la primera vendrá una segunda muerta y una tercera. En lo que parece una carrera a contrarreloj para detener a un asesino que por momentos simula estar fuera de control, Harry y todo su equipo se darán cuenta de que las soluciones más fáciles no suelen ser las correctas.

Y no quiero/puedo decir mucho más porque revelaría demasiado argumento. Vamos ahora con mis impresiones:

  • Me ha encantado el protagonista, Harry Hole. El libro pertenece a una serie donde se relatan sus distintos casos. Éste es el primero que leo (aunque es el séptimo de la colección) y tengo que decir que me parece un personaje tremendo, con mucha fuerza. Igual le sigo la pista.
  • El libro está muy bien contado, el autor es inteligente. No quedan cabos sueltos como en otras novelas negras en las que, al acabarlas, te quedas con cara de tont@ pensando: “¿Y para esto tanto rollo?”
  • El autor ha jugado conmigo tooooodo lo que quiso y más. La cosa fue muy graciosa. Mientras yo (lectora ávida de este tipo de novelas) avanzaba, me iba fijando en pequeños detalles que pensé que pasarían desapercibidos para la mayoría. Cuando eso ocurría, yo, ilusa de mí, pensaba: “bueno ya está hecho, con este minúsculo detalle Jo me acaba de dejar claro que este personaje es el asesino, y aún me queda más de medio libro, qué lista soy”. Bueno, pues ja, ja y más ja. No acerté hasta el capítulo previo al capítulo en el que destapan todo el pastel. Y me creía más inteligente que el autor… Pobriña yo.
  • ¿Cómo algo tan sencillo puede acabar dando tanto miedo?

    Por último, y no menos importante, menos mal que leí el libro en el mes de mayo. Llego a leerlo en enero un fin de semana en mi aldea con toda la finca nevada y a algún niño del barrio se le ocurre hacer un muñeco de nieve esa noche, y a la mañana siguiente no vivo para contároslo. ¡Qué tensión! Os juro que hasta lo pasé mal.

Tan mal lo pasé que decidí cambiar de tercio y ahora me encuentro leyendo (devorando, más bien, que lo voy a acabar hoy ya, o eso creo) El chef que me amó, de Laura Dave. Es una historia tan “tranquila”, tan “sencilla”, tan chik-lit, que hasta suspiro de alivio mientras la leo. No creo que tarde en venir con la crítica. Mientras tanto, ¡sed buen@s y coged el lunes con ganas, que ya se acerca el verano!

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